Personal

Normalicemos frenar

Queremos que en un día quepan muchas cosas. Cumplir con todas las tareas en 24 horas, correr de un lado a otro, tratando de satisfacer a todo el mundo. Y en ese proceso nos olvidamos de cuidarnos, de querernos y de vivir.

Normalicemos frenar. Vivir más en el presente y saber cómo caminamos, cómo respiramos.

Como a tantas personas, el confinamiento del 2020 me hizo replantearme cómo quería vivir. Algunas decisiones fueron fáciles, otras no tanto, y muchos cambios se han ido gestando a lo largo de los meses. Y no ha sido sencillo, sino que he vivido una auténtica batalla entre lo que yo quería (la calma cotidiana que me trajo el confinamiento, pero sin las restricciones de movimiento y, desde luego, sin la enfermedad que lo provocó) y lo que ya sabía hacer, que era correr, correr y correr. Tener que hacer cosas.

Recientemente, buscando fotos de inspiración otoñal, entré en contacto con algo que parecía idílico: el Slow Life. O, en español, la «vida lenta». Y a poco que profundicé en su significado me di cuenta de que no es tan idílico, sino que ponía en palabras el tipo de vida en el que he estado trabajando desde hace un año y medio. Y que encaja con mis ideales, mis proyectos, e incluso mi estética.

La elección del término no es casual. «Slow», además de «lento», son las siglas de los conceptos básicos de este movimiento: «Sostenible», «local», «orgánico» y «wholesome», es decir, «completo». Y esto encaja perfectamente con el estilo de vida que llevo meses incorporando, despacito, a mi día a día, una vida más consciente con mi entorno, tanto medioambiental como social, coherente con mis principios, saludable y que se mueva con las estaciones. Tener tiempo para mí y para mis seres queridos, y que los ratos de ocio no estén marcados por la culpabilidad de no estar produciendo ni por el agotamiento de no haber parado de producir.

¿Te suena? Creo que todos, o casi todos, estamos en el mismo bucle. O paramos o nos destruimos. Necesitamos tiempo para ser nosotros mismos, para crecer y sanarnos. No deja de ser irónico que, en vez de aprovechar el tiempo libre que podríamos permitirnos gracias a los avances tecnológicos de los últimos veinte o treinta años, nos dediquemos a llenarlo con más y más tareas y responsabilidades. Por eso estoy apostando por una slow life, una vida que me permita desayunar con calma en vez de salir corriendo a la oficina, que me permita conectar saludablemente con las redes sociales y los medios de comunicación, pasar más tiempo con mis amigos y familiares y centrarme en las actividades de una en una, sin pensar en las chorrocientas tareas que me esperan por la tarde o en esas responsabilidades que asumí porque no supe ponerme como prioridad a mí misma la semana pasada, por poner unos ejemplos.

Por favor, normalicemos frenar.

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